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Por qué debemos tratar a los enemigos y a los seres queridos por igual

Consideremos nuestro actual ciclo de vida y muerte. Aun cuando la vida humana durara cien años, un solo día en el Cielo de los Cuatro Reyes Celestiales equivale a cincuenta años humanos, y un solo día en el Cielo Trāyastriṃśa equivale a ...

Consideremos nuestro actual ciclo de vida y muerte. Aun cuando la vida humana durara cien años, un solo día en el Cielo de los Cuatro Reyes Celestiales equivale a cincuenta años humanos, y un solo día en el Cielo Trāyastriṃśa equivale a cien años humanos. Así pues, a los ojos de los seres que habitan el Cielo Trāyastriṃśa, ¿no es acaso la vida de un humano en la Tierra apenas un ir del amanecer al atardecer, un mero día fugaz?

Ante la inmensidad sin límites del espacio y el tiempo, nuestros interminables ciclos de nacimiento y muerte revelan que cada vida individual es increíblemente breve: tan solo un instante pasajero, tan fugaz como una chispa que salta o como un relámpago.

Dentro de este ciclo incesante de reencarnación, del amanecer al atardecer, no hacemos sino soñar. En nuestros sueños aparecen benefactores y enemigos. En realidad, esos amigos y adversarios no son más que manifestaciones de nuestra propia mente, engendradas por nuestro karma y las ilusiones de nuestras mentes ignorantes. Dentro del sueño, podemos sentir un amor desbordante por nuestros benefactores y un odio feroz hacia nuestros enemigos: los amamos tan entrañablemente que deseamos su vida, y los odiamos con tal intensidad que deseamos su muerte. Y sin embargo, una vez despiertos del sueño, ¿acaso esos supuestos benefactores y enemigos no son por completo iguales? Esto es practicar la contemplación imparcial.

Desde la perspectiva del Dharma del Buda, ¿por qué hablamos de "tratar a los enemigos y a los seres queridos por igual"? En el fondo, son iguales porque todo es un sueño. Cuando despiertas del sueño, ya no quedan adversarios ni enemigos, como tampoco quedan benefactores.

Tratar la gracia y la enemistad como iguales es como despertar de un sueño: no deja espacio para sentimientos de pena, alegría, aflicción ni ira. Nosotros, los seres ordinarios y sin iluminación, nos desbordamos de alegría ante las circunstancias favorables y nos hundimos en la tristeza frente a la adversidad. Todas estas reacciones no son más que nuestros apegos emocionales.

Desde el punto de vista de la naturaleza propia, inherentemente pura, ninguno de esos apegos —la alegría, la ira, la pena o la felicidad— existe en verdad.

Esta comprensión nace de saber que nuestro mundo no es eterno, sino impermanente. En medio de esa impermanencia, buscamos una naturaleza de Buda eterna y verdaderamente duradera. Esta es la búsqueda del "no surgimiento": un estado donde nada surge ni cesa, que es el Nirvana eterno y sereno.