El todo y la parte
Había una vez una mujer menesterosa que ofreció sus dos únicas monedas a las Tres Joyas. El abad en persona se encargó de dedicar el mérito en su nombre. Pero la fortuna da vueltas. La mujer se convirtió más tarde en emperatriz y regresó...
Había una vez una mujer menesterosa que ofreció sus dos únicas monedas a las Tres Joyas. El abad en persona se encargó de dedicar el mérito en su nombre. Pero la fortuna da vueltas. La mujer se convirtió más tarde en emperatriz y regresó al monasterio con una comitiva de damas de palacio para presentar una ofrenda espléndida. El abad no presidió la ceremonia esta vez: se limitó a pedirle a su discípulo que recitara los sutras y dedicara el mérito por ella. Extrañada, le preguntó al viejo abad: «Cuando era pobre y doné tan solo dos monedas, usted en persona dedicó el mérito por mí. Ahora vengo con tanta riqueza... ¿por qué solo se lo encarga a su discípulo?» El viejo abad respondió: «Esas dos monedas eran todo lo que poseías. Tu corazón era profundamente sincero, así que tuve que hacerlo yo mismo. Hoy eres emperatriz, dueña de una riqueza sin límites. Lo que ofreces ahora no es más que una gota en el océano. La dedicación de mi discípulo es más que suficiente.»