Dzongsar Khyentse Rinpoche sobre la meditación
La meditación, afirma Dzongsar Jamyang Khyentse Rinpoche, es uno de los métodos más directos, prácticos y sencillos para entrenar la mente.
La meditación, afirma Dzongsar Jamyang Khyentse Rinpoche, es uno de los métodos más directos, prácticos y sencillos para entrenar la mente.
Muchos tratados budistas clásicos señalan que, por muy erudito que seas, por muchos análisis que hayas realizado y por innumerables enseñanzas que hayas escuchado, no habrás cumplido la tarea esencial si no lo llevas a la práctica. Es como un agricultor que siembra arroz pero nunca lo cosecha: el trabajo más importante queda sin hacer.
Existen innumerables métodos de meditación. Algunos simplemente permiten que la mente descanse en su estado natural, mientras que otros recurren a técnicas específicas para guiarla hacia un estado más claro, vívido y sin obstáculos.
Algunos enfoques recurren a la contemplación opuesta para contrarrestar las oleadas de emociones negativas: por ejemplo, cultivar la bondad amorosa para contrarrestar la ira. Otros enfoques recurren a pensamientos similares o a las propias emociones negativas para combatir esa misma aflicción.
Un gran incendio puede apagarse con agua, pero hay otra estrategia eficaz: combatir el fuego con fuego, encendiendo pequeños fuegos controlados o usando explosivos para contener las llamas y detener su propagación. Del mismo modo, algunas técnicas de meditación son intrínsecamente muy parecidas a los problemas que arrastras. Por ejemplo, si te enfrentas a un anhelo muy intenso, puede que la devoción te sea especialmente propicia, porque la naturaleza de la devoción se parece mucho a la del anhelo. Así, puedes practicar la devoción en sintonía con tu disposición natural, dejando que tu mente se sienta atraída hacia el objeto de tu reverencia.
No importa qué técnica utilices: la meditación es, en el fondo, un proceso de acostumbrarte a una forma concreta de pensar. Los grandes practicantes y eruditos del pasado, gracias a su propia práctica dedicada, descubrieron ciertos patrones de pensamiento y tipos de actividad mental. A partir de ahí, desarrollaron técnicas para cultivar o evocar estados mentales específicos.
Si meditamos con regularidad, nos iremos acostumbrando poco a poco a esos estados mentales y formas de pensar, hasta que se conviertan en nuestra segunda naturaleza. Aunque no lo llamemos así, siempre estamos meditando de alguna manera.
En invierno, puede que te pongas a soñar despierto con pasar el verano con un amigo: te imaginas a los dos tumbados en una playa, luego compartiendo una comida en tu restaurante favorito, y después yendo a ver una película a algún sitio. Si repites esta fantasía una y otra vez, casi se convierte en parte de ti; cuando quieras, puedes evocarla al instante. Eso es la meditación.
Nuestra identidad también es por entero producto de la meditación. Nacemos sin ningún sentido de quiénes somos; si otra familia nos hubiera adoptado y criado, hoy seríamos personas completamente distintas, moldeadas por influencias muy diferentes. De bebés, nuestros padres nos ponen un nombre, y junto con otras personas de nuestro entorno, empiezan a decirnos con sus palabras y sus acciones quiénes somos, cómo somos. También nos dicen si somos buenos o malos, listos o tontos, guapos o feos, dignos de ser queridos o no, y un sinfín de otros rasgos. Absorbemos las proyecciones de «quién soy y cómo soy» que los demás depositan en nosotros, y construimos nuestra noción de nosotros mismos a partir de cómo nos tratan los demás. Nuestra mente, entonces, elabora una imagen de quiénes somos.
Al principio, te aferras a esa imagen de ti mismo y piensas casi sin parar: «¡Ese soy yo! ¡Ese soy yo!». Incluso cuando estás conscientemente ocupado en otras cosas, sigues dándole vueltas en el subconsciente. Tras años de practicar para encarnar a esa persona, te acostumbras tanto a ser «él» o «ella» que, sin más, automáticamente eres «tú». Ya no necesitas detenerte a comprobar quién eres; simplemente, sin asomo de duda, das por hecho que eres esa persona. Y la meditación funciona exactamente igual.
Usando esa misma técnica, puedes cambiar casi por completo tu percepción de todo. Puede que la vista desde tu ventana te parezca fea, pero si estás dispuesto a dedicarle tiempo y a hacer el esfuerzo de mirarla desde otro ángulo, puedes modificar tu percepción del paisaje y verla hermosa. Una vez que te acostumbras a verla así de hermosa, te resulta muy difícil volver a imaginarla fea.
Todo lo que hoy te resulta ordinario y familiar, desde la comida que comes hasta tu compañero más cercano, requirió al principio un periodo de aclimatación. Aclimatarse a algo es, por lo general, un proceso psicológico inconsciente, pero la meditación lo convierte en algo consciente.
Algunas personas creen que la meditación no es viable para quienes tienen un trabajo o dirigen negocios. Les preocupa que los vuelva demasiado ausentes o desconectados como para relacionarse con los demás de forma realista y con los pies en la tierra, pero en realidad ocurre lo contrario. La meditación te lleva al estado de «no es para tanto» que mencionamos antes. Esa mentalidad de no inflar los pequeños problemas surge de manera natural, y los demás pueden percibir que eres flexible, tranquilo y que tus relaciones están llenas de armonía. Que la comunicación sea eficaz depende de si el mensaje penetra en tu corazón o si simplemente rebota en la superficie. Si tu mente está cerrada y no puede recibir mensajes, no podrás comunicarte con nadie; si tu mente está abierta, capaz de recibir mensajes y de saber responder, no importa que la otra persona esté cerrada o sea emocionalmente inestable. Quienes meditan son los mejores comunicadores, porque la meditación abre el corazón y hace que la comunicación fluya sin esfuerzo.