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Por qué la paciencia es cien veces más difícil de cultivar que la generosidad

En el mercado del condado de Huaiyin, un carnicero provocaba a gritos a los transeúntes: «¡Eres grande y fornido, y siempre llevas una espada al cinto! Si tienes agallas, clávala en mí. Si no, ¡arrástrate entre mis piernas!» Frente a él ...

En el mercado del condado de Huaiyin, un carnicero provocaba a gritos a los transeúntes: «¡Eres grande y fornido, y siempre llevas una espada al cinto! Si tienes agallas, clávala en mí. Si no, ¡arrástrate entre mis piernas!» Frente a él se encontraba un joven robusto. Con el rostro encendido, el joven no dijo nada. Lentamente, se arrodilló y pasó arrastrándose entre las piernas del carnicero. La multitud estalló en carcajadas.

Aquel hombre «cobarde», que soportó la humillación de arrastrarse entre las piernas de otro, llegaría a comandar ejércitos por todo el reino, arrasando cuanto encontraba a su paso. Con el tiempo se le conocería como uno de los «Tres Héroes de los albores de la dinastía Han» y el «Inmortal Militar»: el marqués de Huaiyin, Han Xin. Su paciencia y su autodominio forjaron una voluntad de hierro y sentaron las bases de todo cuanto lograría después.

Para mucha gente, la paciencia se parece a la cobardía, e incluso a la humillación. Sin embargo, entre los seis pāramitās del budismo, la «tolerancia paciente» es una práctica esencial para los discípulos. ¿En qué se diferencia entonces la comprensión budista de la tolerancia paciente de la que tiene la gente común? ¿Y cómo deberíamos enfrentar la humillación?

En realidad, en una sociedad en paz, lo que la mayoría de nosotros encuentra suele ser, a lo sumo, una pequeña vergüenza, no una auténtica humillación; algo muy distinto de las pruebas a las que se enfrentaron héroes de gran sabiduría y valentía. Aun así, basta una leve incomodidad para precipitarnos en un arrebato de furia teñida de humillación.

Una mañana laborable, en hora punta, el metro iba abarrotado. Una mujer robusta se tambaleaba, aferrada al pasamanos. Dos jóvenes que estaban frente a ella se apartaron para cederle el asiento. Lo que debería haber sido un gesto amable se torció cuando el joven añadió: «Puede sentarse aquí con nosotros, hay sitio de sobra». La mujer lo tomó como una pulla sobre su peso y montó en cólera. No solo rechazó el asiento, sino que se enzarzó en una discusión con el joven, alterando seriamente el trayecto para todos.

Más allá de la vida cotidiana, los practicantes budistas también afrontan presiones —incluso desprecio y burlas—. Algunas personas malintencionadas difunden videos y artículos en plataformas digitales, fabricando rumores para calumniar tanto a monásticos como a seguidores laicos. Las noticias falsas sobre «coches de lujo y mujeres hermosas» o «rituales para enriquecerse» están a la orden del día. En esta época degenerada, la sincera aspiración de los discípulos budistas se ve a menudo cuestionada y puesta a prueba, y mantenerse firme no es tarea fácil.

El Sabio de la Tolerancia

Hace mucho tiempo, el Buda Shakyamuni renació como un sabio llamado Poder de la Tolerancia, quien hizo el voto de no albergar jamás ira hacia ningún ser. Un rey demonio, ansioso por destruir su cultivación, conjuró mil apariciones para atormentarlo. Lo maldecían con palabras crueles, lo calumniaban con mentiras y lo humillaban públicamente con un lenguaje vulgar e indecible. Le arrojaban inmundicias y lo golpeaban en la cabeza con escobas. Sin importar cuándo ni cómo lo atacaran, el Sabio de la Tolerancia nunca devolvió una mirada airada, jamás pensó en vengarse, ni siquiera musitó algo como «¿Qué he hecho yo para merecer esto?». En su lugar, formuló en silencio un voto: «¡Por el mérito de cultivar la aceptación paciente, dedico esto hacia la iluminación suprema. Cuando alcance la Budeidad, seré el primero en liberar precisamente a estos seres!»

Convertir la vergüenza en fortaleza

Dos jóvenes estudiaban en el extranjero, donde su profesor y sus compañeros mostraban abiertamente prejuicios contra los asiáticos. Una de ellas se sentía cada vez más angustiada en clase; su estado anímico se fue deteriorando poco a poco hasta que desarrolló una depresión, abandonó los estudios y tuvo que regresar a casa para recibir tratamiento. La otra, en cambio, se mantuvo imperturbable. Gracias a su aplicación en el estudio y a una comunicación proactiva, se convirtió en la mejor alumna de su clase, se ganó el respeto de todos y llegó a ser la «estrella» de su promoción.

El campeón olímpico Pan Zhanle marcó un gran tiempo en las eliminatorias del relevo mixto. Cuando divisó a su ídolo, Chalmers, se acercó emocionado a saludarlo… y fue completamente ignorado. Este roce con el desprecio no lo desanimó; al contrario, lo enardeció de cara a la final, donde destrozó el récord mundial.

El Sutra de las Enseñanzas Legadas dice: «La virtud de la tolerancia supera a la de observar los preceptos o practicar el ascetismo. Quien es capaz de practicar la tolerancia puede ser llamado una persona de gran fortaleza». La «tolerancia paciente» que sostiene el budismo no es en absoluto la cobardía o la falta de carácter del mundo ordinario. Esta última es un acto impulsado por la aflicción y la impotencia; la primera es la visión penetrante y la resolución inquebrantable que nacen de comprender la verdadera naturaleza de las cosas y la ley de causa y efecto. Es la manifestación de un valor extraordinario.

El Sutra de la Contemplación de los Grados del Bodhisattva del Gran Vehículo afirma: «Un bodhisattva que ha dejado el hogar y mora en soledad puede extinguir la ira y alcanzar el samadhi del amor benevolente, sin dañar a ningún ser de ninguna manera: esto es lo que se llama el pāramitā de la tolerancia paciente». En comparación, cuando los discípulos budistas practican la generosidad, basta con la intención correcta y, por lo general, resulta fácil de llevar a cabo. Pero para cultivar la tolerancia paciente es necesario que surjan condiciones adversas que pongan a prueba y perfeccionen al practicante. Por ello, la paciencia no es cobardía: es compasión. Enfrentar a esos seres «dignos de compasión» con compasión y ecuanimidad, minimizando el daño en la mayor medida posible: ese es el rasgo distintivo de un «gran héroe de poderosa fortaleza», del sabio que puede, en última instancia, alcanzar la plena realización en el camino del cultivación.