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Genan: La actitud del Buda hacia la vida y el suicidio — Una perspectiva desde el Budismo Primordial

Las enseñanzas budistas primordiales consideran la vida como algo sumamente preciado: el cimiento mismo de la práctica, el despertar y la liberación. El Buda Shakyamuni insistió una y otra vez en que valorar este cuerpo y aprovechar esta...

Las enseñanzas budistas primordiales consideran la vida como algo sumamente preciado: el cimiento mismo de la práctica, el despertar y la liberación. El Buda Shakyamuni insistió una y otra vez en que valorar este cuerpo y aprovechar esta vida es el verdadero camino para liberarse de la aflicción y el sufrimiento, que conduce al nirvana. En los escritos más antiguos, el suicidio se considera en general un acto necio e insano. Viola el precepto fundamental de no quitar la vida y acarrea consecuencias dolorosas. El Buda no era indiferente al suicidio. Por el contrario, lo rechazó con compasión y sabiduría, guiando a sus discípulos a enfrentar el sufrimiento de la existencia por medio de la atención correcta, la concentración correcta y la visión correcta.

Textos budistas primordiales como el Saṃyukta Āgama (que corresponde al Pali Saṃyutta Nikāya) registran la postura rotunda y firme del Buda respecto al suicidio. El suicidio suele estar impulsado por aflicciones como la codicia, el odio y la ilusión: el rechazo al propio cuerpo, el deseo de huir del dolor o el apego a fantasías. Un día, el Buda se encontró con un grupo de monjes que acababan de recibir la ordenación, y que tras practicar la meditación de lo impuro (asubha-bhāvanā), sintieron un profundo rechazo. Al no contar con una guía adecuada, se quitaron la vida en grupo. Cuando se enteró de lo ocurrido, el Buda indicó solemnemente que sus actos nacían de la ignorancia y la falta de comprensión. Promulgó un precepto que prohíbe a los monjes incitar o ayudar a terceros a suicidarse, considerándolo una falta grave equiparable al asesinato. Esta actitud impregna todas las enseñanzas del Buda: nuestras vidas no están destinadas a ser una escapatoria de la aflicción y el sufrimiento, sino un vehículo para la liberación y el despertar. Ya sea que enfrenten enfermedad, envejecimiento u otras adversidades, el Buda instó a sus discípulos a refugiarse en el Dharma verdadero, cultivando la paz interior y la sabiduría en lugar de destruir el cuerpo para poner fin a su dolor. El mismo Buda demostró una perseverancia notable cuando enfermó, y los textos relatan su recuperación.

El Buda comprendió en profundidad el sufrimiento de los seres sintientes y lo hizo suyo. El nacimiento, el envejecimiento, la enfermedad y la muerte son realidades ineludibles; sin embargo, el suicidio no puede resolver de verdad la raíz del sufrimiento. Tan solo perpetúa la ignorancia del saṃsāra, y hace que la conciencia sea arrastrada por el karma hacia reinos de renacimiento potencialmente peores. Las enseñanzas del Buda enfatizan el origen dependiente (pratītyasamutpāda) y el no-yo (anātman). Nos enseñó a erradicar las aflicciones por medio del Noble Sendero Óctuple, en lugar de actuar de forma tan extrema con el cuerpo, un recipiente temporal. En textos como el Saṃyutta Nikāya, el Buda advirtió una y otra vez que obsesionarse con el rechazo al cuerpo o anhelar una muerte rápida son señales de perder el rumbo del sendero correcto, lo cual solo acarreará más sufrimiento en el ciclo de renacimientos.

Sin embargo, en muy contados casos excepcionales, los textos registran suicidios de discípulos que ya habían alcanzado la condición de arahant al final de sus vidas. Estos arahants habían erradicado por completo todas las aflicciones, alcanzado la liberación última y ya no albergaban ningún apego al «yo» ni a «lo mío». Ya no estaban sujetos a futuros renacimientos. Sus suicidios no estaban motivados por odio, miedo o escapismo. Más bien, se debieron a una enfermedad física extrema que les impedía funcionar al cuerpo, sumado al hecho de que ya habían alcanzado la liberación y el despertar completos. El Buda no los condenó. Al contrario, ratificó su logro, confirmando que habían entrado en el parinirvāṇa (la trascendencia y la cesación tanto de la existencia material como de la mental), y que ya no estaban sujetos al surgimiento, la cesación ni el sufrimiento. Por ejemplo, en la historia del Venerable Godhika (SN 4.23), él alcanzó en repetidas ocasiones un estado temporal de mente liberada, pero lo perdía una y otra vez a causa de la enfermedad. Finalmente, en el preciso instante en que alcanzaba el estado de arahant, se quitó la vida con una hoja. Māra intentó detenerlo. Pero cuando el Buda acudió, declaró claramente que la conciencia de Godhika estaba «no establecida» (appatiṭṭhita), y que había alcanzado el nirvana definitivo. De forma similar, el Venerable Channa, gravemente enfermo, puso fin a su vida en medio de un sufrimiento extremo. Después de que el Venerable Sāriputta y otros lo visitaran y le informaran, el Buda explicó que una persona solo es culpable si abandona este cuerpo mientras se aferra a otro. Dado que el Venerable Channa no albergaba ese aferramiento, su acto no supuso ninguna falta, algo similar a lo que ocurre con los pacientes terminales de la actualidad que buscan la eutanasia. El Venerable Vakkali tiene una historia parecida (véase SN 22.87). Estos casos demuestran que los arahants han trascendido el karma mundano de lo bueno y lo malo, pues sus actos no surgen de motivaciones que generen aflicciones o contaminaciones (āsava). Estas excepciones no suponen en ningún caso un permiso generalizado para el suicidio. Se aplican solo a los arahants completamente liberados, seres sabios y despiertos, y únicamente en casos de enfermedad física extrema. Para la gran mayoría de los seres ordinarios, el suicidio continúa siendo un acto profundamente condenable e insano.

La enseñanza del Buda es coherente en este punto: la vida es el vehículo de la práctica. Debemos protegernos a nosotros mismos y a los demás con compasión, transformar el sufrimiento por medio del estudio, la reflexión y el cultivo, en lugar de ponerle fin por medio de la violencia. Algunas personas de generaciones posteriores han malinterpretado estos textos, y han llegado a la conclusión de que el Buda «desestimaba» o incluso «permitía» el suicidio. Esta visión se aleja completamente del espíritu del Budismo Primordial. La compasión del Buda busca alejar a los seres sintientes del sufrimiento y acercarlos a la felicidad, no incitar a la destrucción. En la era actual, las enseñanzas del Buda siguen siendo profundamente relevantes. Al enfrentar dificultades psicológicas o físicas, debemos recurrir a la medicina moderna y la psicoterapia, apoyarnos en el Dharma verdadero y buscar la guía de amigos espirituales (kalyāṇamitta) en lugar de optar por un callejón sin salida. Valorar la vida, cultivar la atención plena y practicar la compasión y la sabiduría: este es el camino que coincide con la intención original del Buda. Por medio de esta práctica, sin importar la adversidad que enfrentemos, podemos encarnar la dignidad preciada de la vida y la posibilidad del despertar. La actitud del Buda hacia la vida y el suicidio es, en esencia, una afirmación de la vida. Aunque este cuerpo conlleva sufrimiento, es un campo fértil para el despertar, digno de nuestro cultivo consciente hasta alcanzar el nirvana definitivo.