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Barrer continuamente el polvo de la mente

El Maestro Zen Dingzhou caminaba por el patio del monasterio junto a un joven novicio cuando una súbita ráfaga de viento se abrió paso, desprendiendo una lluvia de hojas que danzaban en el aire al caer de los árboles. El anciano maestro ...

El Maestro Zen Dingzhou caminaba por el patio del monasterio junto a un joven novicio cuando una súbita ráfaga de viento se abrió paso, desprendiendo una lluvia de hojas que danzaban en el aire al caer de los árboles. El anciano maestro se inclinó, las recogió una a una y las metió entre los pliegues de su túnica. El novicio que estaba a su lado no pudo contenerse más. «Maestro, ¡por favor, deténgase! A primera hora de la mañana barriremos todo de todos modos. No es necesario que se fatigue así.»

El Maestro Zen Dingzhou negó con la cabeza. «No es como yo lo veo. Cuando barres, ¿puedes tener la certeza de recoger hasta la última hoja? Pero cada hoja que recojo deja el suelo un poco más limpio. Y, además, no me cansa en absoluto.»

El novicio insistió. «Pero Maestro, hay tantas hojas. Recoge las hojas aquí y, mientras tanto, siguen cayendo más detrás de usted. ¿Cuándo cree que acabará?»

Mientras seguía recogiendo hojas, el maestro respondió: «Las hojas no solo caen al suelo. También caen en nuestras mentes. Yo estoy recogiendo las hojas de mi propio corazón — y con esas sí puedo acabar.»

Al oír estas palabras, el joven monje comprendió por fin el verdadero sentido de la vida de un practicante zen. Desde aquel día, se entregó a la práctica con renovado empeño.

Podría decirse que el Maestro Zen Dingzhou hacía mucho más que recoger hojas caídas: estaba despejando, una a una, las ilusiones y aflicciones de la mente. La cantidad de hojas que cubren montañas y ríos por todo el mundo no es asunto nuestro. Pero las hojas que caen en el corazón humano, ¿esas? Cada una que recoges es una nube menos empañando tu mente.