Los años que pasan son impermanentes
El sol no puede detenerse, la tierra no puede permanecer quieta; el tiempo cambia con la salida y la puesta del sol, y se va desvaneciendo con el giro de la tierra. Así lo enseñó el Buda: “¡Todas las cosas surgen y pasan en un parpadeo, ...
El sol no puede detenerse, la tierra no puede permanecer quieta; el tiempo cambia con la salida y la puesta del sol, y se va desvaneciendo con el giro de la tierra. Así lo enseñó el Buda: “¡Todas las cosas surgen y pasan en un parpadeo, siempre cambiantes e impermanentes!” Quienes practican nunca deben caer en la ilusión de que el tiempo es permanente.
La Exhortación del Bodhisattva Samantabhadra reza: “Este día ya ha pasado, y con él nuestra vida se va acortando. Somos como peces en el agua que se seca poco a poco, ¿qué alegría puede haber en esto? Todos ustedes, esfuércense con la premura de un hombre que tiene la cabeza envuelta en llamas. Tengan la realidad de la impermanencia muy cerca del corazón y no caigan en la negligencia.”
¡Qué advertencia tan dolorosa y penetrante! La vida humana, a la deriva por el vasto universo, se va acercando cada vez más a las orillas de la vejez y la muerte a medida que el tiempo se escapa. Así como los peces dependen del agua para sobrevivir, y sus vidas se acortan cuando esta se seca gota a gota, también nosotros vemos cómo se nos van acabando los días con cada amanecer y puesta de sol, como el agua que gotea poco a poco de una pecera agrietada.
El tiempo se nos escapa de las manos en un instante. Debemos aprovechar el vigor de nuestra juventud con diligencia sincera, la entereza para esforzarnos en el trabajo y la determinación de aprender con profundidad. Incluso al envejecer, no debemos rendirnos ante la vejez sin más, sino seguir dedicándonos al estudio y la práctica: ¡vivir, aprender y actuar todos los días de nuestra vida! Incluso cuando la enfermedad y el dolor nos agobian, no debemos desperdiciar nuestro tiempo en letargo indolente, ni malgastar nuestra vida entregados al dolor.
La mayoría de las personas no se dan cuenta de que su fin está cada vez más cerca, y sin embargo vagabundean por la vida en una niebla, embriagadas con placeres vacíos e ilusorios. Peor aún, no advierten los peligros ocultos que acechan a cada paso: trampas y peligros en cada recodo. Tenemos todas las razones para estar alertas: “aunque hoy estemos a salvo, no podemos garantizar la seguridad ni siquiera al momento siguiente.” ¿Qué alegría hay en semejante estado?
Como seres humanos, debemos correr contra el propio tiempo, aprovechar cada momento y dar buen uso a nuestros días, para que no se nos escapen en la inacción. El mérito se construye gota a gota, día tras día; solo la perseverancia constante puede dar lugar a una fuerza verdadera y duradera.
El sentido y el valor de la vida no están en cuánto tiempo vivimos, sino en cuánto damos al mundo. Siempre que cumplamos con nuestros deberes básicos como seres humanos, y encontremos alegría y satisfacción en el trabajo que realizamos, esa será la vida más sólida y plena que uno puede aspirar a vivir.